lunes, 25 de julio de 2011

Asalto Evangelístico 21/7/11

El jueves pasado un grupo de nosotros invadimos una de las plazas del Centro de Guadalajara para el Evangelio. Los hermanos Artemio, Juan y yo regularmente predicamos en esta plaza en particular, pero ese día Giancarlo y Joshua (un hermano visitando de los Estados Unidos) se unieron a nosotros. Teníamos una escuadra de soldados de Cristo armados y listos, y nos aprovechamos de este hecho.

Juan comenzó, al predicar al aire libre en un lado de la plaza. (A propósito, el hermano Juan regresó con bien de su viaje a Zacatecas. Dios lo usó para predicar el Evangelio a muchos).

Luego, al mismo tiempo, Josh empezó a predicar en el lado opuesto.

Y mientras que Josh y Juan estaban predicando, Giancarlo fue a una fila de personas cerca que estaban esperando el camión (bus) y comenzó a predicarles.

Después de Juan, llegó el turno de Artemio. Aquí está justo después que la batería de la bocina que estaba usando se acabo. Él siguió proclamando el Evangelio con esa voz retumbante y estruendosa. En realidad no sé porque él usa una bocina, no puedo notar una diferencia cuando predica con una y cuando no.


¡Hasta se llenó de tanta valentía que se paró en frente de esta estatua del papa Juan Pablo II y predicó contra la idolatría! El templo católico estaba solo unos cuantos metros en frente de esta estatua, y tenía sus puertas abiertas. ¡Cuando lo oyeron los que estaban dentro del templo, cerraron las puertas!

Tuvimos varias buenas conversaciones ese día. Mientras que los tres hermanos mencionados arriba estaban predicando, una señora se me acercó. Ella había estado teniendo problemas serios con su esposo drogadicto y alcohólico quien decía ser cristiano y salvado a pesar de practicar el pecado. Ella estaba indignada por su hipocresía pero también muy abierta y receptiva al Evangelio. 

Después, mientras que yo empecé a predicar al aire libre, Giancarlo se sentó en una banca y habló con José Ángel, un hombre que también vio su necesidad de arrepentirse y confiar en Cristo. Él se había dado cuenta de que ni el dinero, ni las posesiones materiales ni ningún pecado podrían satisfacer esa gran añoranza y vacio que sentía que tenía en el corazón, y estaba buscando algo real y verdadero que sí lo podría hacer. Giancarlo le compartió el Evangelio. ¡Ellos hablaron por aproximadamente dos horas! Cuando terminé de predicar fui a donde estaban y también le pudo ministrar. Mientras que Giancarlo estaba razonando con él, un señor católico sentado junto a ellos oyó lo que estaban diciendo y se metió en la conversación. Trató de “ayudar” a José Ángel encontrar la verdad al darle consejo contradictorio y no bíblico. Por un lado argumentaba que María era la “Madre de Dios” y la mediadora de la humanidad, y que la Iglesia Católica era la única iglesia…pero por el otro, el animó a José Ángel a irse con nuestro “grupo” de “hermanos separados” porque éramos “buenos”, le dijo que debía hacer lo que se “sentía bien” para él y lo que le daba paz, y que Dios está en todos nosotros y todos somos Sus hijos. Pregunte al católico si sabía dónde iba a ir cuando muriera. Después de que el católico me respondió que no estaba seguro, José Ángel contestó: “¿Entonces, por qué debo hacerle caso? ¡Usted me está tratando de aconsejar, pero ni siquiera sabe dónde irá! ¡Pero en cambio, estos dos jóvenes aquí saben dónde irán cuando mueran!” ¡Por la gracia de Dios lo entendió! Y comprendió que no le estábamos predicando la “religión”—¡le estábamos predicando Cristo!

Afortunadamente, el católico se fue inmediatamente después, pero un poco de tiempo después otro hombre que afirmaba querer oir la verdad se nos acercó y nos pidió ayuda. Sin embargo, resulto que era un adicto que no quería dejar sus pecados; lo único que quería era dinero. Parecía que el diablo nos estaba tirando estas personas para distraernos para que no hablemos con José Ángel, y para confundirlo. Pero gracias a Dios nada de eso funcionó. Él se fue diciéndonos que se iba a poner a cuentas con Dios esa misma noche. 

Por favor oren por él y por la señora, y todos los demás que oyeron el Evangelio ese día. 


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